RV1909

2 Pedro 1

Pedro no abre con un problema sino con un don: el poder divino ya ha concedido todo lo que toca a la vida y a la piedad. Sobre esa base traza una cadena — de la fe a la virtud, la ciencia, la templanza, la paciencia, la piedad, el afecto fraternal y el amor (vv. 5-7). Observe el giro hacia el verso 13. Sabiendo cercana su muerte, mientras está "en este tabernáculo", Pedro convierte toda la carta en un último recuerdo y funda su autoridad en lo que oyó y vio con sus propios sentidos.

Lectura paralela
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2 Pedro 1 (RV1909)
  1. 1

    SIMÓN Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, á los que habéis alcanzado fe igualmente preciosa con nosotros en la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo:

  2. 2

    Gracia y paz os sea multiplicada en el conocimiento de Dios, y de nuestro Señor Jesús.

  3. 3

    Como todas las cosas que pertenecen á la vida y á la piedad nos sean dadas de su divina potencia, por el conocimiento de aquel que nos ha llamado por su gloria y virtud:

  4. 4

    Por las cuales nos son dadas preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas fueseis hechos participantes de la naturaleza divina, habiendo huído de la corrupción que está en el mundo por concupiscencia.

  5. 5

    Vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, mostrad en vuestra fe virtud, y en la virtud ciencia;

  6. 6

    Y en la ciencia templanza, y en la templanza paciencia, y en la paciencia temor de Dios;

  7. 7

    Y en el temor de Dios, amor fraternal, y en el amor fraternal caridad.

  8. 8

    Porque si en vosotros hay estas cosas, y abundan, no os dejarán estar ociosos, ni estériles en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo.

  9. 9

    Mas el que no tiene estas cosas, es ciego, y tiene la vista muy corta, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados.

  10. 10

    Por lo cual, hermanos, procurad tanto más de hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás.

  11. 11

    Porque de esta manera os será abundantemente administrada la entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

  12. 12

    Por esto, yo no dejaré de amonestaros siempre de estas cosas, aunque vosotros las sepáis, y estéis confirmados en la verdad presente.

  13. 13

    Porque tengo por justo, en tanto que estoy en este tabernáculo, de incitaros con amonestación:

  14. 14

    Sabiendo que brevemente tengo de dejar mi tabernáculo, como nuestro Señor Jesucristo me ha declarado.

  15. 15

    También yo procuraré con diligencia, que después de mi fallecimiento, vosotros podáis siempre tener memoria de estas cosas.

  16. 16

    Porque no os hemos dado á conocer la potencia y la venida de nuestro Señor Jesucristo, siguiendo fábulas por arte compuestas; sino como habiendo con nuestros propios ojos visto su majestad.

  17. 17

    Porque él había recibido de Dios Padre honra y gloria, cuando una tal voz fué á él enviada de la magnífica gloria: Este es el amado Hijo mío, en el cual yo me he agradado.

  18. 18

    Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos juntamente con él en el monte santo.

  19. 19

    Tenemos también la palabra profética más permanente, á la cual hacéis bien de estar atentos como á una antorcha que alumbra en lugar oscuro hasta que el día esclarezca, y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones:

  20. 20

    Entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de particular interpretación;

  21. 21

    Porque la profecía no fué en los tiempos pasados traída por voluntad humana, sino los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados del Espíritu Santo.

Testigo, no fábula

Los versos 16-18 responden a una acusación callada: que el evangelio sería un mito ingenioso. La réplica de Pedro es el testimonio ocular. Estuvo presente cuando la voz declaró desde "la magnífica gloria" que Jesús era el Hijo amado, en el monte santo.

Luego apunta a algo aún más firme (v. 19): "la palabra profética más permanente", antorcha en lugar oscuro hasta que salga el lucero de la mañana. El capítulo cierra anclando toda profecía en el Espíritu Santo, no en la voluntad humana, preparando el ataque del capítulo 2.

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