RV1909

Hebreos 4

La advertencia del desierto del capítulo 3 se vuelve una meditación sostenida sobre el "reposo". La buena nueva también llegó a la generación del éxodo, pero no les aprovechó por no ir unida con fe. El autor superpone tres reposos: el séptimo día de la creación, Canaán bajo Josué y un reposo aún abierto hoy. Como la conquista de Josué no fue el reposo definitivo —Dios sigue diciendo "hoy" por David mucho después—, queda un reposo sabático para el pueblo de Dios. La exhortación: esforzarse por entrar y no repetir la antigua desobediencia.

  1. 1

    TEMAMOS, pues, que quedando aún la promesa de entrar en su reposo, parezca alguno de vosotros haberse apartado.

  2. 2

    Porque también á nosotros se nos ha evangelizado como á ellos; mas no les aprovechó el oir la palabra á los que la oyeron sin mezclar fe.

  3. 3

    Empero entramos en el reposo los que hemos creído, de la manera que dijo: Como juré en mi ira, no entrarán en mi reposo: aun acabadas las obras desde el principio del mundo.

  4. 4

    Porque en un cierto lugar dijo así del séptimo día: Y reposó Dios de todas sus obras en el séptimo día.

  5. 5

    Y otra vez aquí: No entrarán en mi reposo.

  6. 6

    Así que, pues que resta que algunos han de entrar en él, y aquellos á quienes primero fué anunciado no entraron por causa de desobediencia,

  7. 7

    Determina otra vez un cierto día, diciendo por David: Hoy, después de tanto tiempo; como está dicho: Si oyereis su voz hoy, no endurezcáis vuestros corazones.

  8. 8

    Porque si Josué les hubiera dado el reposo, no hablaría después de otro día.

  9. 9

    Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios.

  10. 10

    Porque el que ha entrado en su reposo, también él ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas.

  11. 11

    Procuremos pues de entrar en aquel reposo; que ninguno caiga en semejante ejemplo de desobediencia.

  12. 12

    Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más penetrante que toda espada de dos filos: y que alcanza hasta partir el alma, y aun el espíritu, y las coyunturas y tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.

  13. 13

    Y no hay cosa criada que no sea manifiesta en su presencia; antes todas las cosas están desnudas y abiertas á los ojos de aquel á quien tenemos que dar cuenta.

  14. 14

    Por tanto, teniendo un gran Pontífice, que penetró los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión.

  15. 15

    Porque no tenemos un Pontífice que no se pueda compadecer de nuestras flaquezas; mas tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.

  16. 16

    Lleguémonos pues confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia, y hallar gracia para el oportuno socorro.

De la advertencia de vuelta al sacerdote

Los versículos 12 y 13 giran sobre la palabra de Dios como espada viva de dos filos que descubre el corazón: ninguna criatura está oculta ante aquel a quien daremos cuenta. Esa imagen severa desemboca en el alivio del versículo 14: tenemos un gran sumo sacerdote, Jesús, que traspasó los cielos y fue tentado como nosotros, pero sin pecado. El capítulo cierra invitando a acercarse con confianza al trono de la gracia.

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