RV1909

Isaías 64

La oración que comenzó en 63:7 se desborda: "¡oh si rompieses los cielos y descendieras!", para que los montes se escurran y tiemblen los enemigos. Es una exigencia de que Dios actúe a la vista, como el fuego hace hervir el agua, en lugar de seguir oculto. Luego el ánimo se vuelve hacia adentro. Los que oran reconocen que todos son inmundos, sus mejores obras "como trapo de inmundicia", marchitos como la hoja. El giro célebre llega en el versículo 8: "nosotros lodo, y tú el que nos formaste": rendición tras el reclamo.

  1. 1

    ¡OH si rompieses los cielos, y descendieras, y á tu presencia se escurriesen los montes,

  2. 2

    Como fuego abrasador de fundiciones, fuego que hace hervir las aguas, para que hicieras notorio tu nombre á tus enemigos, y las gentes temblasen á tu presencia!

  3. 3

    Cuando, haciendo terriblezas cuales nunca esperábamos, descendiste, fluyeron los montes delante de ti.

  4. 4

    Ni nunca oyeron, ni oídos percibieron, ni ojo ha visto Dios fuera de ti, que hiciese por el que en él espera.

  5. 5

    Saliste al encuentro al que con alegría obraba justicia, á los que se acordaban de ti en tus caminos: he aquí, tú te enojaste porque pecamos; en esos hay perpetuidad, y seremos salvos.

  6. 6

    Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento.

  7. 7

    Y nadie hay que invoque tu nombre, que se despierte para tenerte; por lo cual escondiste de nosotros tu rostro, y nos dejaste marchitar en poder de nuestras maldades.

  8. 8

    Ahora pues, Jehová, tú eres nuestro padre; nosotros lodo, y tú el que nos formaste; así que obra de tus manos, todos nosotros.

  9. 9

    No te aires, oh Jehová, sobremanera, ni tengas perpetua memoria de la iniquidad: he aquí mira ahora, pueblo tuyo somos todos nosotros.

  10. 10

    Tus santas ciudades están desiertas, Sión es un desierto, Jerusalem una soledad.

  11. 11

    La casa de nuestro santuario y de nuestra gloria, en la cual te alabaron nuestros padres, fué consumida al fuego; y todas nuestras cosas preciosas han sido destruídas.

  12. 12

    ¿Te estarás quieto, oh Jehová, sobre estas cosas? ¿callarás, y nos afligirás sobremanera?

Una queja que termina en pregunta

Los versículos finales señalan ruinas concretas: ciudades santas vueltas desierto, Jerusalem una desolación, la casa donde "nuestros padres te alabaron" quemada con fuego. No es culpa abstracta, sino los escombros tras la conquista.

No termina con una promesa, sino con una pregunta: ¿seguirá Dios callado y castigando? Ese clamor sin resolver es justo lo que el capítulo 65 responde, y la respuesta reencuadra todo lo recién pedido.

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