RV1909

Lamentaciones 4

Este poema obra por contraste: lo precioso queda envilecido. El oro se ha oscurecido (v.1), los hijos de Sion antes preciados como oro fino son ahora vasijas de barro (v.2), los nobles antes más blancos que la leche están más negros que el carbón (vv.7-8). El hambre es concreta e insoportable. Observe cómo las comparaciones se afilan hacia lo impensable: aun los chacales amamantan, pero aquí las madres cocieron a sus propios hijos (vv.3, 10), y morir a espada se llama mejor que morir de hambre (v.9).

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Lamentaciones 4 (RV1909)
  1. 1

    ¡CÓMO se ha oscurecido el oro! ¡ Cómo el buen oro se ha demudado! Las piedras del santuario están esparcidas por las encrucijadas de todas las calles.

  2. 2

    Los hijos de Sión, preciados y estimados más que el oro puro, ¡cómo son tenidos por vasos de barro, obra de manos de alfarero!

  3. 3

    Aun los monstruos marinos sacan la teta, dan de mamar á sus chiquitos: la hija de mi pueblo es cruel, como los avestruces en el desierto.

  4. 4

    La lengua del niño de teta, de sed se pegó á su paladar: los chiquitos pidieron pan, y no hubo quien se lo partiese.

  5. 5

    Los que comían delicadamente, asolados fueron en las calles; los que se criaron en carmesí, abrazaron los estercoleros.

  6. 6

    Y aumentóse la iniquidad de la hija de mi pueblo más que el pecado de Sodoma, que fué trastornada en un momento, y no asentaron sobre ella compañías.

  7. 7

    Sus Nazareos fueron blancos más que la nieve, más lustrosos que la leche, su compostura más rubicunda que los rubíes, más bellos que el zafiro:

  8. 8

    Oscura más que la negrura es la forma de ellos; no los conocen por las calles: su piel está pegada á sus huesos, seca como un palo.

  9. 9

    Más dichosos fueron los muertos á cuchillo que los muertos del hambre; porque éstos murieron poco á poco por falta de los frutos de la tierra.

  10. 10

    Las manos de las mujeres piadosas cocieron á sus hijos; fuéronles comida en el quebrantamiento de la hija de mi pueblo.

  11. 11

    Cumplió Jehová su enojo, derramó el ardor de su ira; y encendió fuego en Sión, que consumió sus fundamentos.

  12. 12

    Nunca los reyes de la tierra, ni todos los que habitan en el mundo, creyeron que el enemigo y el adversario entrara por las puertas de Jerusalem.

  13. 13

    Es por los pecados de sus profetas, por las maldades de sus sacerdotes, que derramaron en medio de ella la sangre de los justos.

  14. 14

    Titubearon como ciegos en las calles, fueron contaminados en sangre, de modo que no pudiesen tocar á sus vestiduras.

  15. 15

    Apartaos ¡inmundos!, les gritaban, Apartaos, apartaos, no toquéis. Cuando huyeron y fueron dispersos, dijeron entre las gentes: Nunca más morarán aquí .

  16. 16

    La ira de Jehová los apartó, no los mirará más: no respetaron la faz de los sacerdotes, ni tuvieron compasión de los viejos.

  17. 17

    Aun nos han desfallecido nuestros ojos tras nuestro vano socorro: en nuestra esperanza aguardamos gente que no puede salvar.

  18. 18

    Cazaron nuestros pasos, que no anduviésemos por nuestras calles: acercóse nuestro fin, cumpliéronse nuestros días; porque nuestro fin vino.

  19. 19

    Ligeros fueron nuestros perseguidores más que las águilas del cielo: sobre los montes nos persiguieron, en el desierto nos pusieron emboscadas.

  20. 20

    El resuello de nuestras narices, el ungido de Jehová, de quien habíamos dicho: A su sombra tendremos vida entre las gentes: fué preso en sus hoyos.

  21. 21

    Gózate y alégrate, hija de Edom, la que habitas en tierra de Hus: aun hasta ti pasará el cáliz; embriagarte has, y vomitarás.

  22. 22

    Cumplido es tu castigo, oh hija de Sión: nunca más te hará trasportar. Visitará tu iniquidad, oh hija de Edom; descubrirá tus pecados.

Sacerdotes, profetas y un rey cautivo

A diferencia de los poemas anteriores, este señala una causa dentro del propio liderazgo de la ciudad: la catástrofe vino por los pecados de sus profetas y sacerdotes, que derramaron sangre inocente (v.13). Los que nadie creía que caerían (v.12) cayeron.

El versículo 20 llora al ungido del SEÑOR, el rey bajo cuya sombra esperaban vivir, atrapado en las redes del enemigo. El poema cierra volviéndose contra Edom, que se regodeó, advirtiéndole que la copa pasará también a ella (vv.21-22).

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